Aunque las previsiones del tiempo eran las peores, decidimos arriesgarnos a subir a la montaña. El sábado nos levantamos con una ventisca increíble. Tu cara de decepción cuando subíamos a pistas y no se veía más allá de un palmo daba tanta penita. Nos tuvimos que dar la vuelta.
Pero, al día siguiente, al levantarnos nos encontramos que todo el pueblo estaba nevado. Era mágico! Hacía tantos años que no habíamos visto nevar así. Hasta las pistas estaban cerradas. Pero, daba igual!! Nos lanzamos a la calle a jugar con el trineo. Papá te empujaba y Dora iba detrás tuyo a pararte. Tus risas se oían en toda la calle y nuestra cara de satisfacción iluminaba ese día tan gris. Subimos a casa empapados, tan felices. Comimos pegados a la estufa y corriendo para Barcelona
